El derecho al pesimismo / La necesidad del optimismo

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD – Universidad del Tolima.

Los seres humanos enfrentamos, durante el transcurso de nuestra existencia, momentos cruciales los cuales nos impelen a decidir entre claudicar o reconfigurarnos. Esa condición agonística del individuo es vital en la evolución de la vida misma, necesaria para re-afirmar el ser y el estar en un tiempo determinado.

Al realizar un inventario de los contratiempos que ha padecido un ser adulto, de seguro tendrá que retornar hasta el momento inaugural que lo arrojó al mundo. Somos producto de la agonía, del éxtasis del amor, del deseo desaforado de nuestros padres, del clamoroso pero sufrido proceso de gestación, del estrangulamiento que genera el parto. Por eso, instintivamente, procuramos el cuidado del niño frente al mundo inhóspito y peligroso al cual debe adaptarse, y lo que llamamos vida transcurre hasta que un día debemos enfrentamos a la hora final de la existencia. La agonía última.

Somos seres leves, pero la mayoría no tiene conciencia de su levedad. Somos finitos, estamos expuestos. Solo en los mitos, (incluida la religión), trascendemos y vivimos más allá de la muerte. Pero la religión solo es un relato. La eternidad es una invención discursiva para ilusionarnos con la idea de que somos invulnerables al tiempo, cuando de plano sabemos que nuestro transcurrir es un chispazo en medio del insondable tiempo universal. Kairós siempre será superior a Cronos.

La historia de los humanos está plagada de catástrofes, hecatombes, destrucciones, reinicios, tragedias, guerras innecesarias, decadencias evitables, pero sin ellas no seríamos lo que reflejamos en el espejo del presente. No somos la mejor versión anhelada, la realidad está ahí para corroborarlo. Pero quizás en algo nos hemos superado con relación a nuestro pasado o al menos lo creemos y a eso llamamos civilización. ¿Pudimos ser distintos? Seguro que sí. ¿Podremos ser distintos? Seguro que sí. Eso lograrán corroborarlo otros, quizás nos-otros ya no.

Ineludiblemente sobreviviremos como especie. Seremos distintos, quizás más depredadores, quizás más bondadosos con el universo, ese Otro Nos que aún desconocemos en su real dimensión. El ahora nos convoca a Estar, a asumir la existencia como el valor supremo de la especie. Es la tarea histórica que enfrentamos hoy.

Enumerar las vicisitudes que este momento ha desplegado sobre lo humano me parece un trabajo arduo y necesario, pero no es mi prioridad aquí. Los pesimistas ya han mostrado las cartas de un negro tarot con imágenes mortuorias, llantos, desigualdades y miserias. No olvidemos que todo eso lo hemos causado nosotros como especie, no nos llamemos a engaños, cada uno ha contribuido, de alguna manera, a forjar ese pandemonio de sistema que algunos añoran en sus encierros, otros padecen en cuarentena y millones lo sufren arrojados a la intemperie de un gran mal-estar.

No somos solo víctimas, concurrimos victimarios del mundo natural que hoy vemos resurgir mientras agonizamos. Curiosa imagen esta: Algo de nosotros muere en el mundo cada día y al morir algo renace en el planeta. Los pesimistas solo ven la muerte, yo creo e invito a ver el renacer. No seremos los protagonistas del mismo, a nosotros nos tocó sobrevivir, a otros le tocará transmutar. Quizás alcancemos a ser la semilla de la transformación.

¿Por qué ver solo el gris si aún sobre lo alto se despliega el arcoíris? Daremos nuevos abrazos o inventaremos otras formas de abrazar. Besaremos, soñaremos, iremos por ahí distraídos mientras la tarde nos sorprende con un ocaso. Contemplaremos el cielo destellante de otros amaneceres.

Entonaremos, otra vez, la melodía de los enamorados, correremos sobre el verde césped de nuestra existencia una vez más. Como después de la afrenta de Troya, regresaremos a Ítaca con la ansiedad del viejo terruño. Como después de las fratricidas guerras, retornaremos a nuestras casas, valoraremos el afuera y resignificaremos el adentro. Lo haremos como especie, y ojalá eso nos enseñe a tomar mejores decisiones. Menos egoístas, más humanas, más colectivas, si no es así quizás necesitemos más catástrofes para aprender.

Dentro de poco tendrán que existir otras formas de aprendizaje, otra escuela, otras formas de organizarnos, otras formas de alimentarnos, otras formas de asumir el trabajo, otras formas de habitar el planeta. Creer que nada va a cambiar, para bien o para mal, es negarse a mirar por la ventana que el virus abrió para mostrarnos lo que la cotidianidad impedía ver. No más piensen en el mundo de hace cien años y podrán comparar lo mucho que hemos cambiado como especie. Ahora imaginen a Covid-19 como un acelerador del tiempo. Este encierro transcurre en días, pero su impacto debemos asumirlo en décadas.

Creo que todos tenemos derecho al pesimismo, el momento actual muestra su balance en cifras, agonías, carencias y lamentos. No obstante, me concedo el optimismo e invito a él. Antes de que la pandemia diera origen a este tsunami de miedo, ya era consciente de mi levedad, de mi finitud como ser humano, sabía que un día moriría, tenía certeza de ello y no me producía miedo. Por eso siempre procuré hacer de mi vida, y lo siguiere haciendo mientras aún respire, un elogio a la mortalidad.

Aun sabiéndome finito, preso de la levedad, me concedo el optimismo.

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